El Ángel de la Independencia, preparado para resistir una celebración histórica, terminó recibiendo otra escena conocida por generaciones veteranas de aficionados mexicanos. Rostros largos, lágrimas contenidas y la sensación amarga de un sueño mundialista que volvió a quedarse cerca. La multitud que desde temprano tomó Paseo de la Reforma llegó convencida de que esta vez podía ser diferente. Durante horas resistieron todo. La espera desde la mañana para alcanzar un buen lugar frente a las pantallas gigantes , la lluvia que golpeó el corredor, los filtros de seguridad, los accesos dosificados y la incertidumbre de si podrían ingresar a una zona que las autoridades intentaban controlar ante el riesgo de una nueva aglomeración. Nada de eso apagó la ilusión. Familias completas, grupos de amigos, niños con la camiseta de la Selección Mexicana y aficionados que han acompañado al Tri durante décadas llegaron al Ángel con la misma idea: que esta generación podía escribir una historia diferente. Pero al final regresó una vieja frase que ha acompañado a las anteriores generaciones: "ya merito". La escucharon padres que llevaron a sus hijos al Ángel. La conocen aficionados que han visto pasar mundiales, técnicos y generaciones completas de jugadores. Y ahora volvió a repetirse entre jóvenes que por primera vez creyeron estar frente a un momento distinto. Los últimos 15 minutos del partido y los 11 de reposición se vivieron como una resistencia. Las gargantas parecían agotadas, pero no se rendían. Cada llegada mexicana levantaba a la multitud. Cada balón perdido provocaba manos sobre la cabeza. Cada segundo menos en el reloj hacía crecer la angustia frente a las pantallas. Los cánticos siguieron hasta el final. Las trompetas sonaron, las banderas verdes se ondearon y los aficionados intentaron empujar desde Reforma un resultado que nunca llegó. "No se vale, no se vale, no se vale. Estábamos a punto", repetía entre lágrimas Omar Pérez, aficionado originario de Santa Cruz Meyehualco, mientras veía cómo miles de personas comenzaban a abandonar el Ángel. A su alrededor, el silencio cimbró en minutos. La zona donde antes había saltos, abrazos, canciones y celulares grabando la esperanza comenzó a llenarse de pasos lentos hacia las salidas. La fiesta que durante horas pintó Reforma de verde terminó convertida en una retirada silenciosa. Todavía hubo quienes gritaron "¡México, México!", pero esta vez ya no de festejo, sino de orgullo, casi de coraje, como el aficionado que pierde un partido pero se niega a dejar de defender su camiseta. El sueño mundialista se apagó también para quienes habían preparado una celebración que nunca llegó. En restaurantes y bares cercanos al Ángel, las mesas quedaron listas, pero vacías antes de lo esperado. En El Lugar del Mariachi, Mario, mesero originario de Nezahualcóyotl, fue llamado para reforzar el servicio ante la posibilidad de una celebración masiva. La apuesta era que después del partido llegarían aficionados buscando comida, música y un lugar para seguir la fiesta. "Nos dijeron que nos preparáramos, porque podía venir mucha gente, que si ganaba México esto iba a seguir", contó. El restaurante también llamó a dos cocineras adicionales para preparar una cena mexicana pensada para una noche histórica. Hubo pozole, enchiladas, flautas, gorditas y otros antojitos mexicanos esperando a una afición exaltada que nunca llegó. La derrota también dejó otra lectura entre quienes ya habían visto historias similares. Lucía llegó desde la zona de Santa Fe con familiares que todavía confiaban en el triunfo mexicano. Ella aceptó que su pronóstico era diferente. "Yo sabía que iban a perder y se los dije a mis sobrinos. No es que uno sea pesimista, pero también hay que ser realistas; Inglaterra venía más fuerte", comentó mientras abandonaba Reforma. La eliminación también cambió otro partido que se jugaba alrededor del Ángel: el de la seguridad. Durante todo el día, policías capitalinos intentaron contener una posible entrada masiva de aficionados con vallas, filtros y accesos controlados. La instrucción era dosificar, la llegada de personas fue medida con drones y personal en tierra para evitar concentraciones sin puntos de salida, pero la defensa policial también fue vencida. Antes de que terminara el partido, la presión de los aficionados rompió los principales cercos de seguridad. Primero en la zona de la Glorieta de los Ahuehuetes. después en inmediaciones de la Diana Cazadora. El portazo llegó. La línea defensiva de policías no resistió y cientos de aficionados ingresaron sin pasar por la revisión establecida en el protocolo. Con la derrota mexicana se apagó también el riesgo de una celebración desbordada. Los empujones terminaron, las filas desaparecieron y las vallas dejaron de recibir presión. Los elementos que esperaban horas de festejos y posibles confrontaciones encontraron un escenario diferente. Comenzaron a guardar los escudos y los drones que durante horas fueron los ojos del operativo sobre Reforma empezaron a bajar. La multitud salió disparada del Ángel. Algunos buscaron transporte, otros caminaron por Reforma en silencio. Varios más terminaron buscando tacos o cualquier cena lejos de los festejos que estaban planeados. No hubo cubetas de cerveza al aire, ni celebración hasta la madrugada. Tampoco esa postal que miles imaginaron frente al monumento más simbólico de las victorias mexicanas. Paseo de la Reforma se vació en minutos con los aficionados cabizbajos a paso veloz.